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Full text of "Domingo Ordonana 1887 La Conclusion De La Guerra Grande"

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B. del F. B. 





LA CONCLUSION 


DK LA 

GUERRA GRANDE 

POR EL DOCTOH 


DON DOMINGO ORDÓIN'ANA 



3VEONTEVIDEO 
Imprenta Rural á vapor, Florida 84 


l B 8 7 




DEDICi^DO 

Á Mí DÍSTÍNGÜÍBO AMIGO OON REMÍGÍO CASTELLÁROS 

JEFE POLÍTICO DEL DEPARTAMENTO DE CBRR0-LAR80 




LA CONCLUSION DE LA GUERRA GRANDE; 


Señorks : 


Antes de ahora me he permitido yo hacer ruda y desembara- 
zada crítica á los historiadores de América que en todos con- 
ceptos aparecían contrariándose en lo sustancial de sus referen- 
cias y contrariándose también en las zonas geográficas expuestas 
en sus relaciones. 

Dije entonces y digo ahora que esos cronistas ó historiadores- 
debían dividirse en dos clases: los unos porque narraron los 
hechos que pasaron delante de sus ojos, y los otros que sólo 
refirieron lo que oyeron á testigos más ó menos bien informados 
ó más ó menos interesados; y así habló Ruiz Díaz de Guzman 
que escribió su Argcnlina en Chuquisaca por lo que oyó á sus 
amigos y sus abuelos, y hablaron después los padres Solano y 
Guevara y al Arcediano Barco de Centenera que, llegando 
cien años después con el señor Ortiz de Zárate, se dió á inven- 
tar nombres de lugares y de guerreros y á figurar batallas y 
peleas; y hasta tanto que el sábio don Félix de Azara tuvo que- 
decir á su tiempo que todo aquello había sido faniasia de 
imaginación extremeña calmtada por el sol del Plata. 

La verdad verdadera’es que, si muchos de los cronistas coetá- 
neos á la conquista pasaron largos años de su vida en estos 
territorios y si bien, en el órden de la credulidad histórica, son 
dignos de fó, hay que tener presente, para reducir á su justo 
valor los hechos que narran, sus antecedentes biográficos, las 
condiciones de su carácter, las circunstancias particulares en 
que se encontraban, para comprender hasta que punto podrían 
tener interés en desfigurar ciertos hecíios, interpretar otros 
torcidamente, callar algunos y exhornar otros con detalles y ntia- 
ravillas que podría sugerirles su imaginación ó el afan de asig- 
narse un papel muy importante en la conquista. No conocían 
tampoco lo que más adelante se llamó historia filosófica, y el 
mundo intelectual y el mundo civilizado era la sexta parte de lo 
presente. 



— 6 — 


En la misma Europa no se busca la perfección de las obras 
históricas en los azarosos tiempos de la Edad Media, en los 
cuales las ciencias rendían homenage á la guerra, puesto que 
los letrados necesitaban vivir al amparo del más fuerte, sacri- 
ficando para conseguirlo su independencia y su saber. 

¿Ni qué podría esperarse de aquella época de revueltas y de 
parcialidades, en la cual nada había asentado ni sólido, donde 
ningún derecho era reconocido y las nociones de lo justo y de 
lo injusto eran olvidadas ó completamente despreciadas? Crónicas 
y meras compilaciones, monumentos curiosos para escribir la 
historia y nada más, y aún así, hay que dar las gracias á sus 
autores que, envueltos en el torbellino de las contiendas civiles, 
tenían bastante valor para escribir sus obras, sin temor á las 
venganzas de partido, mucho más. terribles cuando partían de la 
fuerza aconsejada por la ignorancia. 

Y volviendo hácia el Nuevo Mundo, su descubrimiento y su 
conquista, no debe extrañarse tampoco que algunos testigos 
presentes de aquellos magnos sucesos los hayan expuesto y nar- 
rado con completa buena fé, dejándose sorprender por las mara- 
villas del mundo desconocido que entonces se revelaba á su 
presencia, ofuscando con engañosas apariencias ójuzgando impro- 
piamente las cosas, para referirlas al único criterio que podía 
tener que era el de la cultura europea, fuera de la cual lo con- 
sideraban todo como bárbaro, como incivilizado y salvaje. 

La falta de conocimientos en la mayor parte de las ciencias 
naturales, no les permitían dar á los fenómenos que presencia- 
ban su verdadero valor, su exacta y racional explicación; y si 
esto acontecía con los hombres de verdadera educación literaria 
y científica, ¿cuáles no serían los errores en que involuntaria- 
mente incurrirían los rudos soldados, los'sacerdotes sineducacion 
preparatoria, que aprovechaban los momentos de trégua para 
consignar en tosco lenguaje los sucesos y las costumbres y prác- 
ticas de los naturales que no podían interpretar exactamente 
por la absoluta ignorancia de la lengua de los indígenas? 

Téngase también en cuenta que las relaciones de viajes debían 
caracterizarse siempre por algo de extraño y de maravilloso, 
pues las que carecían de este requisito eran reputadas de insul- 
sas y desnudas totalmente de interés y de movimiento. 

Despréndese de lo dicho que, si bien puede obtenerse mucho 
fruto de la consulta y exámen de los escritores coetáneos, es 
preciso tener siempre presente en este estudio las severas leyes 
de la crítica histórica para saber escoger los hechos verdaderos 
de los abultados y falsos que son fáciles de explicar y confundir. 

La mayor parte de estas reflexiones son aplicables* los escri- 
tores concurrentes al descubrimiento y conjunto de ámbas 
Américas, que sólo escribieronj como he dicho, por referencias y 
por oidas, tomando datos de los más audaces exploradores ó de los 
actores secundarios de aquel gran drama. 

Después de éstos vienen naturalmente los verdaderos histo- 
riadores, que recopilaron con más ó menos amplitud, criterio é 





inteligencia, los escritos ele los que les precedieron; pero de éstos- 
nada nuevo puede decii’se, pues son meros compiladores que poco 
ó nada pudieron añadir, ni han podido hacerlo de la propia cose- 
cha; y sólo cuando se comprendió que los datos oficiales podrían 
servir de poderoso auxilio para la historia, sólo cuando los famo- 
sos archivos de Indias, comenzaron á ser explorados, se rectifica- 
ron los errores nacidos del interés ó de la preocupación .y cuando 
también vinieron á estudiarse las zonas y regiones en que se 
desarrollaron los sucesos, cruzados y torcidos en la mayor parte 
de las descripciones como, por ejemplo y entre nosotros, las 
muertes de Solis y de Alvarez Ramón. 

Y tratando de historia americana, no debo pasar en olYido 
los escritores extranjeros que se ocuparon de la colonización 
española; y, en general, los primeros que dirigieron su atención 
hácia este*^ interesante asunto, valiéronse, para sus respectivos 
trabajos, de las crónicas españolas; pero, impulsados por un espi* 
ritu de celosa envidia, lastimados por el monopolio que ejercía 
España en comarcas cuya riqueza se exageraba, imbuidos por 
las enemistades nacionales, confundiendo el espíritu y tendencia 
de toda una nación con las faltas y arbitrariedades de algunos 
aventureros, achacando á los monarcas y á los gobernantes los 
desafueros cometidos por funcionarios colocados a inmensa dis- 
tancia del poder central, condenando errores económicos o socia- 
les de que en sus respectivas colonias daban y siguieron dando 
ejemplo sus mismos compatriotas, se complacieron y se han 
complacido en beber en fuentes impuras y adulteradas por la 
pasión y por un ódio sistemático. 

De esta suerte, durantes siglos enteros han corrido por el 
mundo libros llenos de las más alisurdas especies que pi‘esentaron 
la conquista hispánica como un acto de barbarie, de aniquila-* 
miento y de sangrienta destrucción. 

Es cierto que se cometieron actos reprochables; pero^ muchas 
veces los conquistadores, i*odeados tan solo de un puñado de 
hombres en medio de pobladas comarcas, emplearon el terror 
como medio de seguridad; pero jamás estos hechos se erigieron 
en sistema y todo el afan de los gobiernos era que se inculcase 
á los indígenas la religión cristiana y con ella la cultura del 
viejo mundo, empleando para este fin más bien la fuerza de la: 
persuacfon que la de las armas. 

Los hechos producidos en Estados-Unidos en nuestros mismos 
dias para la consumación y conquista de todos los territorios, lo 
que se ha producido y produce en Australia y aún en nuestra 
vecina la República Argentina, justifican hasta cierto punto las 
pequeñas violencias de los conquistadores que carecian de los 

S oderosos elementos de que disponen los modernos para anona- 
ar y absorber las razas humanas inferiores. 

Viniendo al objetivo de esta conferencia y ^ dadas las conside- 
raciones precedentes, debo manifestar que mi pensamiento se ha 
dirigido a emitir alguna luz en la historia nacional, en uno de 
sus períodos y á esos efectos he tomado la conclusión de la 



— 8 — 


guerra de los micve años y sitio de Montevideo, que la poste- 
ridad considerará con asombro como lo consideró Alejandro 
Damas, denominándola de Nueva Troya. Por otra parte, es 
triste condenar al silenpio eterno á los ciudadanos que en algún 
concepto trabajaron en el país y en su ordenado progreso, según 
lo entendían á través mismo de sus apasionamientos políticos. 

Por las consideraciones expuestas, las noticias que voy á emi- 
tir con relación á los hechos que vinieron á producir la conclu- 
sión de la guerra, con justicia llamada grande., servirán para que 
hoy ó mañana no se tergiversen los sucesos y hablen también 
otros de los que vayan quedando para contar el cuento, y el 
mió es de aquellos que deben denominarse de vista de ojos, por- 
que yo, en la condición de cirujano primero del ejército al Norte 
del Rio Negro y en la modesta edad de los apercibimientos que 
dán los 20 años, nada perdí de cuanto se desarrolló en el Plata des- 
de el mes de Máyo del año 1851 al 8 de Febrero de 1852, en que se 
dió la batalla de Caseros, que finalizó la administración del gene- 
ral Rosas en la Confederación Argentina y determinó para aquel 
país un órden político-administrativo regular, entrando la gran 
República en el molde del ordenado progreso y civilización en 
que lioy se encuentra, siendo para el Uruguay el sacrificio de la 
tercera parte de su territorio original, llevándose la grosería 
hasta tomar, en último momento, un atinente inferior del Cua- 
reim, que profundamente sein'erna en este país, por cabecera 
de aquel rio, un saca^bocado en que no quiso consentir el comi- 
sario don Joaquín Teodoro Egaña, haciendo abandono de su 
comisión y de su título. 


II 

Al iniciarse el año de 1851, la provincia argentina de Entre- 
■Rios gobernada por el General don Justo José de Urquiza, General 
en Jefe del ejército de operaciones de la Confederación Argen- 
tina, se señalaba por una prosperidad material también por el 
aumento visible de su comercio y por cierto progreso moral que 
determinaban los numerosos periódicos que repentinamente vie- 
ron la luz en aquella provincia,— inhabitable hasta la vigorosa 
administración de Urquiza que acabó con los Tacuabí, los Cris- 
pines, los Zapata y los Espino, representantes del caudillaje 
prehistórico. 

Por los respetos impuestos, eVpaíaentreriano estaba rico; sus 
numerosos ganados y su agricultura provocada por el mismo 
Gobernador, hicieron afluir allí una parte de la inmigración que 
expontáneamente llegaba al Plata, y afluyeron también numero- 
sos individuos del partido colorado y unitarios eminentes que 
poco á poco trabajaron el espíritu político y partidarista del 
Genferal Urquiza, que gradualmente sé vislumbraba en La Rege- 
neración, publicación política interesante redactada por don 
' arlos de Terrada (a) Lord Ponsombi. 



— 9 — 


El sentimiento de hostilidad contra la personalidad del Gene ■ 
ral Rosas se había iniciado, y se produjo y se extendió en Entre- 
Rios desde la desaprobación del famoso tratado de Alcaráz, y todos 
los nuevos elementos de que dia á dia se rodeaba el vencedor de 
India Muerta, de Vences y de Laguna Limpia, dejaban conocer, 
dejaban vislumbrar, en el claro oscuro de la política, que algo 
nuevo, extraño y desconocido debía producirse en el Rio de la 
Plata bajo la poderosa inlluencia del Capitán General de la Pro- 
vincia de Entre-Rios, á quien ciegamente obedecía don Benjamín. 
Virasoro, Gobernador de Corrientes. 

Al fin, todos los sentimientos de hostilidad, ocultados por 
algún tiempo, hicieron su luz en Mayo de 1851, por una explén- 
dida manifestación del Gobernador de Entre-Rios, refrendada 
por el doctor Juan Francisco Seguí, por la cual se desconocía la 
autoridad del General Rosas, retirándole las Relaciones Exte- 
riores y la Dirección General de Negocios de la Confederación. 
Argentina, por lo que á su Provincia correspondía, siguiéndole 
en ese procedimiento la Provincia de Corrientes. 

El español don Antonio Cuyas y Sampere, comerciante de 
Entre-Rios, fué el encargado de comunicar esta novedad al 
Gobierno de Montevideo y de entablar relaciones de alianza. 

No es de la índole de esta memoria juzgar lo que, según algu- 
nos, podría haberse hecho para anonadar, rápidamente y en sus 
focos aquella evolución, pero la historia.de la República Argen- 
tina, en sus vinculaciones orientales, ha de decirlo cuando cor- 
responda, y dirá también que las otras provincias argentinas se. 
mantuvieron lides á las dele.gaciones hechas en el General Rosas 
y que sus Gobernadores concurrieron después al acuerdo de 
San Nicolás, roto por la revolución patriótica del 11 de Se- 
tiembre. 

Miéntras tanto, en el mes de Julio correspondiente al mismo 
año, el Genei’al Urquiza vadeaba el Uruguay, y la divisa roja 
de ¡Viva la Confederación Arcjeniinal que el mismo General 
usaba en su sombrero. Había sido tornada por un lema ú.Q\lYiva 
la organización NacionaV 

La Confederación estaba, pues, hecha y faltaba darle consti- 
tucional vinculación. 

Le acompañaba el exclarecido G..'ueral don Eugenio Garzón y 
todos los orientales, que por contrarias ideas á las que sustenta- 
ban los defensores de las leyes, se habían ido estableciondo gra- 
dualmente en la Provincia de Entre-Rios, al amparo y protec- 
ción que á todos dispensó su advertido gobernador. 

Aquel ejército unido de vanguardia de la Confederación 
Argentina que. obedeciendo las órdenes del General Oribe, había, 
vencido en el QueOracho Herrado, en el Rodeo del Medio y en 
San Cala y paciticó el extenso tei*ritorio que constituye hoy 
aquella gran Confederación, estaba fraccionado en esta Repú • 
blica y tenía sobro la Capital ó sitiando á la Capital, bata- 
llones mandados por los coroneles Costa, Maza y Ramiro, y 
divisiones de caballería á las órdenes de los jefes Quesada y 



— 10 — 


Lamola, y después, extendidos por los campos, al coronel don 
Nicolás Granada, el vencedor de Rico en Chascomús, que 
mandaba la división Sud, y le obedecían los comandantes don 
Ramón Bustos y don Bernardo González, las divisiones núme- 
ros 4 y 6 respectivamente, á las órdenes de los coroneles don 
Cayetano Laprida y don José María Flores, y regimientos de ca- 
ballería que dirigían y ordenaban los coroneles Sosa, Burjgoa, 
Hidalgo, Echegaray, Videla, Palao, y batallones de Patricios 
todos de la Guardia del Monte, que mandaban don Cesáreo Do- 
mínguez y Libres de Buenos Aires al mando del Coronel don 
Pedro Ramos y don Nicolás Martínez Fontes, y artillería que 
obedecía órdenes de los comandantes Castro y Mendez. 

En el ejército de estas referencias y en el sitio de Montevideo 
estuvieron también algunos años el General don Angel Pa- 
checo y el Barón de Hollemberg, aquel mismo Hollemberg que 
con el General Zapiola habían sido los inseparables compañeros 
del denonado General San Martin, partiendo desde Europa. 

Los jefes, los oficiales, los soldados que constituían aquel ejér- 
cito eran, muchos de ellos, ricos estancieros de la Provincia de 
Buenos Aires; otros de los que en algún sentido habían cruzado 
la América Meridional en la hispánica independencia y habían 
llegado al pié del Tupungato, del Sorata y del Illimani, guiados 
por los Belgrano, los San Martin, los Bolívar, los Sucre, los Sala- 
verrj'^, los Gamarra; y otros habían sido de aquel heróico 9 de 
de línea que, mandados por el coronel Pagóla y su segundo don 
Pablo Alemán, hijos de Canelones, representaron denodadamente 
al Uruguay en Chacabuco, en las pendientes Andinas; y otros en 
fin habían cruzado el Cusuleubu y el Neuqnen con Arbolito, 
Rosas y Pacheco procurando esa conquista pampeana, que han 
consumado los doctores Alsina y Avellaneda. 

Pertenecían, pues, aquellos soldados al linage de los hombres 
de pelea. Eran, todos, hombres encanecidos y su conversación 
individual de crónica histórica así empezaba por los llanos de 
Torata como seguía por Pasco; eran algo así como el residuo 
de los guerreros de los tiempos heróicos, fraccionados y disper- 
sos por las contiendas civiles y extendidos por toda la América 
antes y después de consumada la Independencia; sustancialmente, 
lidiadores que batallaron en estos países desde la invasión in- 
glesa de 1806 hasta las batallas de Ayacucho, Ingabí éltuzaingó. 

Netamente, los soldados de estas referencias representaban en 
el terreno de la práctica la idealización de los bardos america- 
nos, Heredia, Magariños Cervantes y Plácido sin desmentir su 
valor, su abnegación, su patriotismo y la real fantasía de la pa- 
tria y de la pátria sin más pretensiones. 

Lo que sorprenderá sobre todas las sorpresas es que los sol- 
dados de aquel ejército no tenían do pret más que veinte pesos 
papel al mes, equivalentes á un patacón, y los coroneles, 500 pesos 
papel equivalentes á 25 patacones y esto dará cuando menos la 
idea de la alta disciplina de aquellos soldados y del respeto que 
todos tributaban al superior. El uniforme de los jefes y oficiales 



— li- 


le constituía una chaqueta de grana, un chaleco del misino color, 
pantalón de paño azul oscuro con franja colorada, botines de 
becerro y una gorra de manga para los cuepos de caballería y 
redonda ó achatada para los infantes— Para los soldados, ei 
uniforme consistiajen una camiseta de paño colorada que copió 
Garibaldi para su uso y para uniforme de los voluntarios de 
Marsala, chiripá colorado de paño, camisa y calzoncillo de lienzo 
y para calzado unas hosutas ó sandalias de cuero como los solda- 
dos romanos de César y de Pompeyo— Eran sus armas espadas 
para jefes y oficiales y para los soldados fusil de chispa provisto 
de cuatro paquetes en la respectiva ca lana, bayoneta, morral y 
cantimplora flamenca para el agua. Este gran tipo del soldado 
argentino le tenemos en un lienzo regalado por nuestro amigo 

Blaues. , ^ > 

En las condiciones expuestas y con el personal expuesto, ei 
ejército federal argentino obedecía las órdenes del general Oribe 
que, en los momentos en que se producían los sucesos de Entre- 
Rios, y pasaban los generales Urquiza y Garzón el Uruguay, 
tenia al brioso brigadier don Ignacio Oribe destacado al Norte 
del Rio Negro en campo de observación sobre las márgenes del 
arroyo Malo. 

El ejército entreriano efectuó su pasaje del Uruguay sin opo- 
sición de ninguna clase y las fuerzas oribistas destacadas en las 
ribei’as y que obedecían al general don Servando Gómez, _ so 
pronunciaban por el contrario en favor de la invasión dirigida 
para este caso por oficiales que no quiero yo individualizar por 
razones de moral política nacional. 

El general don Servando Gómez era uno de los guerreros de 
la Independencia, sirvió con el general Laguna en la epopeya de 
los Treinta y Tres; soldado leal en toda la extensión do la pala- 
bra; pero pocos tiempos antes de los sucesos que narramos, se 
babia dejado sorprender por unas turbas brasileras denominadas 
californias que, á las órdenes del Barón de Yacny, Chico Pedro 
de Abren, invadieron el Norte del Rio Negro para robar vacas 
como los Paulistas de otros tiempos y que á su vez fueron ano- 
nadados por el coronel don Diego Lamas ^ y desbriznados por el 
comandante don Dionisio Trillo en las márgenes del Tacumbu. 

Por los sucesos precedentes, el general Gómez había sido de- 
puesto de su alto cargo de general en jefe al Norte del Rio Ne- 
gro, y así su resentimiento le dió motivos más que suficientes 
para entrar en las combinaciones que con tanto tino preparo el 
general Garzón para invadir el territorio uruguayo respondiendo 
ala grande alianza. 

Algunas divisiones que pertenecían á los Defensores, de las 
leyes con su blanca y púrpura divisa, siguieron defeccionando al 
Norte por el solo prestigio que á los orientales infundía el gene- 
ral Garzón, causa tambion inmamente de las disgregaciones suce- 
sivas que sufrió el ejército del general Oribe. Los respectivos 
jefes de esos cuerpos. Lamas, Egaña, Brian, Argentó y otros, 
tuvieron que ponerse al amparo de las lealísimas divisiones 



— 12 — 


argentinas, que en aquella región mandaban el coronel Hidalgo, 
comandante Domínguez y mayor Basso, que inmediatamente 
emprendieron un movimiento de retirada, buscando la incor- 
poración dc'l genei’al don Ignacio Oribe que, como he dicho, cam- 
paba en el arroyo Malo. 

Don Dionisio Trillo, Jefe de las Fronteras del Nordeste, con la 
lealtad que en todos sus actos le caracterizó, viéndose abando- 
nado, denodadamente se abrió paso hacia el Brasil, buscando 
restituirse como se restituyó al ejército fiel de don Manuel Oribe 
que organizaba en el Arroyo de la Virgen. 

Efectuada la incorporación de las fuerzas de Hidalgo y de 
Domínguez, don Ignacio Oribe emprendió la retirada en direc- 
ción al Rio Negro y se hal)ían recorrido unas cuantas leguas, es 
decir, se habn'a llegado á las márgenes del arroyo Charata, 
cuando el enemigo se presentó tiroteando la retaguardia y 
haciendo prisioneros algunos bagajes y recibiendo yo personal- 
mente un balazo en la clavícula izquierda. 

El Coronel don Juan Valdéz ei'a en aquella sazón Coman- 
dante General del Departamento de Tacuarembó; y, sea por el 
especial cariño que le profesaban sus subordinados ó por la deci- 
sión de los ciudadanos de aquel departamento, entre los que se 
encontraban don Tristan .Vzambuya, don Pedro Chucarro, don 
Lino Herosa, don Juan Benito Palacios y otros distinguidos caba- 
lleros, ello es que aquel departamento puso en movimiento una 
columna de mil hombres de infantería y caballería, que no pu- 
-diendo hacer su i ncor’p oración con don Ignacio Oribe, por la inter- 
posición do las fuerzas enemigas, rápidamente adela.ntadas, efec- 
tuó el paso del Rio Negro por el Rincón de Zamora, mientras el 
brigadier Oribe buscaba en línea recta' la manera de efectuar ese 
mismo pasaje, salvando sus numerosas caballadas, que eran la 
principal atención del ejército invasor. 

Valdéz, perseguido y escopeteado por compañeros de la víspera, 
'Siguió lealmcnte al Arroyo de la Virgen con su división íntegra, 
mientras el brigadier Oribe, estrechado en la picada de su nom- 
bre en las márgenes del Rio Negro — desbordado por las conti- 
nuas lluvias— presentaba batalla á un enemigo que se negó 
resueltamente á aceptarla por tres dias consecutivos, por más 
que se hicieron los adelantos y las decididas provocaciones que 
á esos casos corresponden. 

El general Urquiza demandó una entrevista particular y pri- 
vada al brigadier Oribe, que la rechazó con indignación, mien- 
tras hacía llegar á manos de los jefes argentinos las más atentas 
y cariñosas cartas en que exponía y manifestaba las causas que 
-á su título eran suficientes para elevarse contra el general Rosas 
y unirse á los brasileros en la Sublime Alianza, 

Era el 10 de Agosto, y el honorable coi’onel don Basilio 
Muñoz, jefe de la división Durazno, se presentó en la picada de 
Oribe por la margen Sud, como para facilitar el paso del ejército 
del Norte, á lo que se dio inmediatamente principio por las caba- 



— 13 — 


liadas, poi’ las cari*etas de parque y ambulancia y por las numero- 
sas mujeres que en aquellos tiempos acompafíaban á los ejércitos. 

Al siguiente dia, aquella división, aquel cuerpo de ejército 
aquellos caballos, todo había desaparecido, y solo estaban allí 
el coronel don Basilio Muñoz, el comandante militar del Durazno 
don Faustino Mendez, los ciudadanos Pena, Imaz y Martinez y 
algunos ayudantes y asistentes que se lamentaban del abandono 
de los amigos y compañeros de la víspera que les habían dejado 
para huirse al enemigo que, al mando del mayor Neira, acababa 
de vadear el Rio Negro por el Paso de los Toros. 

Tomaba aquello el carácter de un pronunciamiento general, y 
don Ignacio Oribe juzgó, en consejo de jefes, prudente efectuar 
también el paso del Rio Negro, como se ejecutó de noche, arro- 
jando al rio la artillería pesada y seguir marchando al Sud, 
buscando el paso del Rey en el Yí, vadeándole en botes cons- 
truidos para ámbos rios, de cueros frescos ahuecados con cim- 
bras de sarandí y amarillo. 

La marcha se ejecutó con toda precisión y dejando á la derecha 
el rio de las Cañas, los cerros de Malvajar, y la histórica Capilla 
de Farruco y atravesando otros rios y otros arroyos y hostiliza- 
dos de noche y de dia por enemigos ensoberbecidos por las defec- 
ciones, el ejército del Norte llegó al Arroyo de la Virgen, hacién- 
dose la junción con el gran ejército que á las órdenes directas 
de don Manuel Oribe se organizaba en aquel punto. 

Allí estaban las divisiones Colonia, San José, Canelones, Tacua- 
rembó, que respectivamente obedecían á los coroneles Moreno, 
Alvarez, Golfarini y Valdáz, y estaban diversos regimientos y 
escuadrones sueltos, y el ejército unido de operaciones presen- 
taba un personal, de 3.500 infantes, 7.000 ginetes y 24 piezas de 
artillería Paisans con dos coheteras á la confjrace que mandaba 
el comandante Milburn. 

Así mismo quedaron en algunos Departamentos las divisiones 
correspondientes á los mismos, como para distraer la invasión 
llamada extranjera, y en este concepto el coronel Casaravilla y 
los comandantes don Tomás Viljalba y don Fernando Grané 
estaban en lo que correspondía á Soriano, el coronel Barrios 
en los de Minas y Maldonado, y en Cerro-Largo el intrépido don 
Dionisio Coronel iiiieiaba la campaña contra el Brasil derrotando 
la vanguardia de su ejército en el paso de las Piedras de Ya- 
guar on. 

Desprendíase mientras tanto del Arroyo de la Virgen una 
división rápida de caballería, á las órdenes de los mayores Apa- 
ricio y León Benitez, para distraer la rumbosa marcha que por 
el centro de la República ejecutaba el general Urquiza, buscando 
la aproximación del ejército de don Manuel Oribe. 

Componíase el ejército del general Urquiza principalmente de 
fuerzas de caballería, que mandaban jefes tan acreditados como 
don Venancio Flores, Urdlnarrain,_Palavecino y otros que antes 
habían hecho campaña en este país, y además una columna de 



— 14 — 


500 hombres de infantería á las órdenes de los coroneles Francia 
y Basabilbaso: un total como de 6000 hombres. 

Correspondía también á ese ejército un jefe de gran prestigio 
en Entre-Rios, muy distinguido por su valor, por su educación y 
por ciei*tas condiciones de carácter que le habían hecho merecer 
la mayor amistad y confianza con el general Urquiza. Este jefe 
era el coronel don Ricardo López Jordán, tan conocido después 
por otros incidentes que no nos corresponde mencionar. 

El general Urquiza hip alto en las aproximaciones del Arroyo 
de la Virgen y despachó cerca del general Oribe á su muy acre- 
ditado coronel Jordán con una misión en todos conceptos amis- 
tosa, pero privada, que vino á producir en el ejército cierta 
suspensión en los espíritus, mucho más cuando el señor López 
Jordán volvió á su campamento acompañado del coronel don 
Juan Carballo, ayudante de don Manuel Oribe y compadre y 
amigo de Urquiza. 

Al dia siguiente volvía muy de mañana el coronel Carballo y 
poco después de una larga entrevista con el general Oribe, salía 
el mismo coronel con el coronel don Lúeas Moreno para el cam- 
pamento de Urquiza. 

El silencio del general Oribe para con los jefes argentinos, el 
misterio que envolvían aquellas idas y venidas hicieron cundir 
la desconfianza, hasta el punto de que los argentinos se creyeron 
traicionados y produjeron una manifestación atenta por cierto, 
pero valiente, cerca del general en jefe en demanda de luz y de 
conocimientos. 

En estas circunstancias, volvía el coronel Moreno con un pro- 
yecto de Tratado propuesto por Urquiza, que inmediatamente 
pasó á conocimiento de los jefes argentinos que ló aceptarían, 
siemxjre y cuando mereciese la aprobación del general Rosas. 

El coronel Moreno, con la autoridad que le daban sus inmensos 
servicios, sus acuerdos con los jefes de las divisiones orientales, 
y sobre todo, su íntima amistad con los generales Urquiza y Oribe, 
hizo pasar el Tratado, sometiéndolo sin embargo á la considera- 
ción del general Rosas. 

Al siguiente dia, la paz se festejó con dianas y como conse- 
cuencia de las cláusulas concertadas, el ejército oriental debía 
disolverse empezando por marchar el mismo Moreno para Colo- 
nia, Valdéz para Tacuarembó y así las otras divisiones que com- 
prendían á los demás Departamentos debían proceder al licén- 
ciamiento general, como se ejecutó con esas divisiones. 

Las bases de aquel tratado fueron inmediatamente enviadas á 
Buenos Aires conducidas por don Pedro Ramos, acompañado 
de don José Agustín Iturriaga, cruzando el.Plata desde el Arazati, 
y ese tratado contiene sustancialmente lo siguiente : 

«Que las tropas orientales, tanto blancas como coloradas, se 
licenciarían inmediatamente y se procedería de acuerdo con don 
Manuel Oribe y el jefe de Moiiteyideo y con intervención del 
general Garzón á poner en práctica el sistema constitucional, 



— 15 — 


siguiendo derechamente al nombramiento de senadores y dipu- 
tados que eligiesen el presidente de la República. 

«Que siendo las tropas argentinas meramente auxiliares del 
general Oribe, desde que cesaron en su carácter del ejército 
unido de vanguardia de la Confederación Argentina, se embar- 
carían en el Buceo para Buenos Aires con sus armas y bagajes y 
despedidos de una manera atenta y oficial.''> 

Estas fueron las bases de las capitulaciones del arroyo de la 
Virgen negociadas por el coronel Moreno y que se festejaron 
como fiestas de paz; y mientras tanto, los ejércitos siguieron 
guardando por algunos dias los mismos campamentos y las 
mismas posiciones dando lugar á que el general Rosas contes- 
tase y pudiese también el Gobierno de Montevideo enterarse 
de tan interesantes asuntos, por más que el general Garzón asu- 
mió facultades especiales para pactos y acuerdos concedidos con 
anticipación por el Gobierno de Montevideo, presidido por el 
prudente Suarez. 

Cuando se efectuó el movimiento general de concentración 
sobre el Arroyo do la Virgen, el coronel Moreno, jefe de la Divi- 
sión Colonia, aumentada con el Batallón Defensores al mando del 
comandante don Marcos Rincón, los habitantes de la Colonia y 
algunos partidarios de Urquiza y colorados residentes en aquella 
ciudad, hicieron un pronunciamiento en favor del Gobierno de 
Montevideo y contrario á la política y administración de Oribe. 

El coronel Moreno, con parto de la división de caballería y 
algunas compañías del Batallón Defensores al mando del mayor 
Lenguas, volvió rápidamente sobre esa ciudad y apoderándose 
de ella hizo prisioneros á los jefes del movimiento, castigándolos 
severamente. 

Todo esto concurrió á que el coronel Moreno aumentase su 
popularidad y prestigio, y la confianza en su decisión aumentase 
también entre los orientales que de buena fé se disponían á guei’- 
rear contra los aliados. 

Pasáronse algunos días sin que ningün acontecimiento militar 
interrumpiese lo que podía significar ía paz hecha. Montevideo, 
que había roto las hostilidades contra el ejército sitiador, sus- 
pendió las armas y todo parecía dirigirse á la efectividad de una 
paz tantas veces suspirada. Sin embargo de esto, el vizconde <le 
Caxias, general en jefe del ejército brasilero, habiendo atrave- 
sado la frontera seguía hácia Montevideo á marchas cortas y el 
ejército del general Oribe, acampado hacía tiempo en el Arroyo 
de la Virgen, había mudado de campo hácia Carreta Quemada y 
de allí gradualmente'seguía, á marchas cortas también, la direc- 
ción de Santa Lucía, buscando el paso del Soldado que se vadeó 
por todo el ejército, siendo jefe do la retaguardia el coronel ar- 
gentino Quesada. 

i Cuál no sería la sorpresa del ejército, cuando se sintieron 
repentinamente tiros, guerrillas y verdaderas hostilidades sobre 
esa retaguardia y se reconocieron clara y distintamente censido- 



— 16 — 


rabies masas de caballería forzando el paso del Soldado y que 
esas caballerías obedecían las órdenes del general Urquiza? 

El ejército del general Oribe hizo alto en las márgenes del 
Maiaojo y el general Oribe, sorprendido, verdaderamente asom- 
brado de la conducta del general Urquiza y de la burla dcl Tra- 
tado de Paz, despachó al coronel don Diego Lamas cerca de aquel , 
general preguntándole las causas y motivos que habían produ- 
cido aquel rompimiento. El general Urquiza no se portó en ver- 
dad con lealtad, pox’que la carta del coronel Moreno á que se 
refirió datada en las márgenes del Colla y que era de simples , 
reflexiones á pi'opósito de la paz de que había sido negociador, 
no era motivo ni pretexto suficiente para íaltar á las leyes de la 
equidad y así y por estos propósitos siempre fué y nos lo mani- 
festó muchas veces el señor Moreno, una perpetua mortificación 
para él, por la torcida interpretación que hizo el general Urquiza 
de algunas amistosas consideraciones, vaciadas en la particular, 
y distinguida amistad que tenía hacia dicho General. 

No consiguiéndose, pues, ni aún una suspensión de hostilidades, 
el ejército hizo alto y campó sobi’e el mismo paso de Mataojo, 
atravesando al dio. siguiente ese arroyo y tomando la dirección 
de Las Brujas. 

No habían pasado todavía la mitad de las fuerzas, cuando se 
presentaron el coronel don Pedro Ramos y el señor Iturriaga 
procedentes de Buenos Aires, que, como se ha dicho, llevaron la 
misión de comunicar al General Rosas el Tratado de Paz del 
Arroyo do la Vírgeh. 

Como es de suponer, don Manuel Ofjbe se apoderó del coronel 
Ramos y siguió con él, miéntras los jefes argentinos le esperaban 
con ansiedad para saber qué les decía su general y gobernador 
y cómo había aceptado el Tratado. 

Al fin, desprendido el coronel Ramos, púsose al habla con sus 
compañeros y amigos, á los cuales no les sacó asimismo de la 
justísima ansiedad en que se encontraban, contestando netamente 
á sus demandas que el licstauraclor nada les mandoMa decir. 

Esto, como lo diré más adelante, era falso, y si el coronel 
Ramos, no olvidándose de que era argentino, antiguo capitán de 
Dragones de la Patria, ayudante de campo del general Rosas, 
hubiera cumplido con su deber, por cierto que la conclusión de 
aquella guerra hubiera tenido una solución más elevada, porque 
los elementos de que se disponía no podía contrarestarlos la 
alianza, y lo probable es que, como consecuencia de decisiva 
victoria, el Uruguay hubiera chancelado con el Brasil sus_ cues- 
tiones de límites sin sancionar el Utli jiosedetis que se usó para 
el tratado de 1851, y la laguna Merin, el Ibicuy, el Yaguaron 
y otros [ríos serían navegaciones interiores de la República 
Oriental. 

El coronel Ramos era portador de una nota privada de Rosas 
para los jefes argentinos, y tuvo la debilidad de mostrarla al 
general Oribe, que no había merecido un simple acuse de recibo. 



— 17 — 


cou relación á los tratados del Arroyo de la Virgen y de la paz. 

pronunciada allí. , , , . , ± , 

Sufrió el general Oribe un verdadero desaire de parte de su 
aliado, una contrariedad peor que la que le ocasionó el tratado 
Gore Gros pero comprendiendo la inmensa evolución que nabia 
d6 producir la nota de estas referencias llevada al conocimiento 
de los argentinos, le liizo prometer al coronel Ramos el silencio 
hasta momentos más oportunos, y hasta le dijo: que el no era 
un traidor y que el único modo de dar satisfacción al ejercito 
argentino que por tantos años le obedecía, sería pegarse un tiro 
en su presencia para dar cierta y solemne sanción a su lealtad 
de caballero, malamente desconocida por Rosas en tan decisivos 

y complicados momentos. . 

El ejército continuó, pues, su concentración hacia el Cerrito 
y atravesando el Colorado, siempre y constantemente escppetea-- 
do por el enemigo, quiso el valeroso general Oribe, el 2.° jefe ^e 
los 33, acompañado del negro Dionisio, uno también de los 33, 
tentar una batalla, una de esas heroicas batallas que deciden de 
la suerte de los pueblos y así dispuso que los bagajes y las mu- 
jeres siguieran para el Cerrito, y después haciendo pie y dando 
vuelta, se retrocedió desde las Piedras hasta las Brujas, escope- 
l;eando á su vez á un enemigo que en todos conceptos carecía de 
las leyes de la equidad militar, diciendo que no quena batallar 
con los compañeros y los amigos de la víspera. 

Al íin fué necesario volver hacia el Cerrito y se volvio a la 
vez tiroteados por la espalda y escopeteados por los flancos en 
que cayeron algunos leales como el capitán Arias ^ y muchos de 
aquellos valientes del ejército argentino, cuyo espíritu de cuer- 
po y de nacionalidad, la historia jamás ensalzará lo bastante. 

Presentáronse en aquellas circunstancias con algunos leales 
compañeros, los renombrados capitanes Olid, Aparicio, León Be- 
nitos y Trillo, para participar de los efectos que^ debía proaucir 
la conclusión de la gran epopeya de los nueve años. 

La retirada del ejército se hizo con orden, se atravesó por la 
mitad del pueblo de las Piedras, bajo los vivísimos fuegos del 
enemigo, y al fln se llegó al Cerrito de la Victoria para produ- 
cirse la paz del 8 de Octubre. 

El General Urquiza estableció su Cuaitei General en el molino 
de las Piedras, y estableció un verdadero sitio adelantando sus 
avanzadas hasta cerca del Saladero denominado de Legris. 

Por estos sucesos y estos extraños acontecimientos, el ejercito 
sitiador durante nueve años, vino á ser extrechamente sitiado y 
y con hostilidades á su frente y á su espalda, y hasta una floti- 
lla procedence de Montevideo se presentó en el Buceo, siendo 
rechazada por las fuerzas que mandaba el honorable capitán don 
Joaquín Idoyaga. ^ ^ ^ , 

La situación, pues, no podía ser más crítica y dudosa; aquello 
no podía prolongarse, porque los pocos ganados^ que se habían 
llevado por delante debían concluir en cinco ó seis dias y las ca- 
balladas circunstritas á extrecha zona de tierra también debían 



— 18 — 


enflaquecerse y morir, como empezaron á morir por falta de 
alimentos y de extensiones de apacentamiento. 

D. Manuel Oribe envió cerca de Urquiza varias comisiones 
buscando el arreglo del arroyo de la Virgen; entre otros caballe- 
rós fueron sucesivamente enviados los señores don Bernabé Ca- 
ravia, el respetable don Juan Francisco Giro, el doctor Joanicó 
acompañado del no menos distinguido doctor don Eduardo Ace- 
vedo; pero esas misiones no dieron resultado ninguno y mientras 
tanto, seguían las hostilidades y todos los dias, en las dos líneas, 
había heridos y muertos. 

El coronel don Pedro Ramos, que como se ha dicho, fué el en- 
cargado de llevar al general Rosas el conocimiento dél tratado 
del arroyo déla Virgen, se hallaba alojado en la fortaleza del 
Cerrito, en las piezas mismas del capitán Mayer, director de se- 
ñales; y con la cariñosa amistad que nos dispensaba, y hallán- 
dose además enfermo, le fuimos á visitar, encontrándole en una 
horrorosa excitación. Ay, amigo!, nos dijo, llevándose la mano 
á la garganta, tengo aquí una cosa que me ahoga, y solicitándole 
con insistencia lo que ocasionaba su molestia, nos alcanzó una 
nota oficial del general Rosas, cuyos términos eran nada menos 
que la desaprobación del tratado del arroyo de la Virgen y una 
protesta patente de los procedimientos del general Oribe, igual 
por igual á lo que ejecutó en la negociación Gore-Gros ampliado 
por las circunstancias. Esa nota decía lo siguiente: 

El Gobernador y Capitán General de la Provincia de Buenos 

Aires encargado de las Relaciones Exteriores que comprenden 

á la Confederación Argentina— Á* los jefes del ejército unido 

de vanguardia, en operaciones en la República Oriental. 

Habiendo don Manuel Oribe, Presidente de la República Orien- 
tal del Uruguay y General en Gefe del ejército de vanguardia 
de la Confederación Argentina, faltado al pacto y á los compro- 
misos contraidos con la Confederación Argentina, pactando con 
el traidor, etc,, etc., etc. (suprimo calificativos), de Urquiza ha- 
ciendo acuerdos con el Brasil, el Gobernador y Capitán Gene- 
ral que suscribe ordena: 

1. ° Que los jefes argentinos que mandan cuerpos en la Banda 
Oriental desconozcan la autoridad del general Don Manuel Ori- 
be, procedan al nombramiento de uno de los jefes que los dirija, 
de acuerdo con lo que se indica en el pliego especial de instruc- 
ciones, que conduce mi edecán, el coronel don Pedro Ramos. 

2. ® Que sin consideración de ningún género, los cuerpos ar- 
gentinos que sitian la ciudad de Montevideo la abandonen y 
tomen la dirección del interior, llevando la artillería y parque 
correspondiente á la Confederación Argentina. 

3. ® Que los heridos, los enfermos y los inválidos sean condu- 
cidos también en las ambulancias. 

Las instrucciones especiales escritas de puño y letra de D. J. M. 
Rosas acreditan el tino práctico de aquel hombre de estado que 



— 19 — 


respondía á sus tiempos y al bravísimo periodo de transición po- 
lítica federal ó unitaria por que había de pasar la República 
Argentina, hasta entrar en los cauces en que actualmente se 
encuentra para seguir las corrientes de un grande y ordenado 

^^Fn^ftsas instrucciones se contenían las ordenanzas por las cua^ 
les los jefes del ejército debían proceder al nombramiento del 
jefe provisional que había de dirigirles y se expresaban las 
fuerzas que sucesivamente saldrían de Buenos Aires por el delta 
del Paraná, para la constitución de un grande ejército de 
operaciones y lo que para esos movimientos correspondía al 
señor don Antonio Reyes y los acreditadísimos coroneles Chila- 
bert, Pedro P. Diaz, Hernández y Eugenio Bustos. 

He de repetir que don Pedro Ramos rompio con la uni- 
dad de aquellos pensamientos dejándose imponer silencio por 
don Manuel Oribe y he de repetir también, sin pariidarismo, 
que si aquel coronel hubiera cumplido con su deber, la guerra y 
sitio de los nueve años hubiera concluido de una manera vale- 
rosa y heroica como en realidad le correspondía. 

Nada de aquello sucedió y como los sucesos amontonados en 
el Gerrito tenían necesariamente que tener una solución, esa 
solución se vino á producir de la manera siguiente: 

Cuando el coronel Ramos tuvo la debilidad de mostrar al 
general Oribe la nota que para los jefes argentinos conducía, 
este pundonoroso jefe manifestó al coronel Ramos que tema 
todavía los medios suficientes para salvar al ejército argentino, 
haciéndole decorosamente embarcar para Buenos Aires, y Ramos 
le creyó y calló hasta el momento en que me hizo la confianza 
y el honor de mostrarme la famosa nota, que inmediatamente 
llevé á conocimiento del coronel argentino don José Mana 
Flores, que me dispensaba, con la distancia de las posiciones, la 
más cariñosa, la más franca y leal amistad. 

Flores se sorpendió desaquello y creyó conveniente dar cono- 
cimiento á todos sus campañeros, y al efecto les citó para una 
reunión en su carpa, y allí acudió el valeroso coronel don Geró- 
nimo Costa, el sereno coronel don Cayetano Laprida, el pensador 
coronel don Nicolás Granada, y en fin, los jefes Maza, Fontes, 
Echegaray, Palao, Hidalgo, Sosa, Quesada, Ramiro, González, 
Bustos, Lamela, Videla; todos estaban en aquel célebre' y patrió- 
tico consejo para oír la tardía lectura de la nota del general 
Rosas y las instrucciones que la acompañaban. 

Fué una sesión elevada, pero tempestuosa, y el bravísimo de- 
fensor de Martin García en 1839, el coronel Costa, se alzo sobre 
todos sus compañeros diciendo: que. todo aquello era necesario 
cumplii’lo, tal como el Restaurador lo mandaba, pero que era 
necesario préviamente juzgar al coronel Ramos por traidor, 
levantar el sitio y proceder totalmente de acuerdo con la nota 
y las instrucciones del general Rosas. 

El coronel don Mariano Maza actuaba como segundo en esta 
memorable sesión; era yerno de don Manuel Oribe y tomando la 



— 20 — 


palabra manifestó que estaba autorizado para decir á sus compa- 
ñeros presentes que el ejército argentino se embarcaría con 
todos sus bajages para Buenos Aires pues que el Presidente 
Oribe (fueron sus palabras) estaba en arreglos con el general 
Urquiza. Las resoluciones se aplazaron por la templanza de los 
coroneles Flores y Granada. Al siguiente dia de estos sucesos, y 
de estos variados acontecimientos fui informado de que el 
general Urquiza, no tenía con el general Oribe tales contratos y 
compromisos y que por el contrario, el general Urquiza había 
en ese mismo dia manifestado á don Norberto Larravide, comer- 
ciante argentino establecido en la Union y enviado como nego- 
ciador cerca del general Urquiza, dijese al general Oribe, que no 
podía ya negociar con él porque no mandaba ni orientales y 
hasta sus ayudantes le habían abandonado y que en cuanto á 
los argentinos trataría con ellos porque al fin eran sus compa- 
triotas, sus compañeros de armas y sus amigos particulares. 

El señor Larravide pidió al general Urquiza se sirviera consig- 
nar esas determinaciones en una carta que escrita de puño y 
letra de su secretario don Angel Elias tengo en mi poder y en 
que se expresaba y expresa en los términos siguientes: 

«Mi querido general y amigo : 

He manifestado á nuesti'o amigo don Norberto Larravide lo 
inconveniente y lo ineficaz de las misiones que usted me envía 
para tratar de asuntos que no tienen ya más solución que un 
arreglo que salve el honor de usted y el del ejéi’cito argentino 
que obedece sus órdenes, " 

Yo deseo que esto se produzca lo más pronto posible porque 
siendo el vizconde de Caxias el genei’al en jefe del ejército que 
ha de operar en esta República, según nuestros precedentes 
tratados, yo cuando haya llegado aquel jefe con el grande ejér- 
cito brasilero nada podré hacer en obsequio de mis amigos. 

Yo le quiero á usted y le respeto, general; pero en las circiuis- 
tancias en que se hallan las cosas y con las obligaciones que la 
alianza me impone, y con la aproximación del vizconde de Caxias, 
general en jefe del ejército brasilero, yo no puedo hacer ya nada 
en el sentido que usted solicita. 


Los argentinos son compatriotas míos, viejos compañeros de 
causa y yo debo entenderme con ellos y usted no debe oponerse; 
y, por el contrario, hemos de salvar el honor^ y la dignidad que 
corresponde á usted como general en jefe, víctima de la lealtad 
hacia don J. M. Rosas. Con tal motivo.» 

Larravide era un comerciante argentino muy distinguido por 
su educación, muy amigo de don Manuel Oribe y lleno de emoción 
le entregó la carta de estas referencias en presencia de don 
Ramón Artagaveytia y que leyó don Manuel, fuerte, pero profun- 
damente emocionado. El general don Antonio Diaz y el coronel 
don Pedro Piñeyrúa llegaban en esos momentos al Cuartel Gene- 



— 21 — 


ral, y el general Oribe les hizo lectura de la carta de Urquiza, 

Did'ióiuloles resueltamente un consejo. , . 

^ Era el 6 de Octubre, el mismo dia que los jefes argentinos 
habían tenido conocimiento de la nota y de las 
conducidas por el coronel Ramos; juzgúese, 
aauel en el espíritu y en las tendencias de aquellos guoiiei 

El «eñor Artaf^aveytia, que sabía la inmensidad del peligro que 
se corrraemS ^le debía buscarse el medio más prac ico 
fara SaH la\e?min de aquella chflcil sima situación, 

porque las defecciones continuaban, las hostilidades hacían d^^^^ 
riamente nuevas víctimas, y las numerosas tamilias _ 

en la Union y en las quintas, coman el inmenso P^hfero 
disolución, de un saqueo y de cien atrevimientos, oonio co se- 
cuencia clara de una derrota general que era ya 
y más con el extricto bloqueo establecido por la escuadra bra.. 

lera á las órdenes del almirante Grenffell _ üinovr-i’m 

Apoyaron al señor Artagaveytia los señores Díaz y 
pero el general Oribe, lleno de angustia, observo: yo, ^.70 
no puedo cometer la indignidad que pretende ürquiza, 
donie á las órdenes do los jefes argentinos; primero moiir, dijo 

Después de un prolongado silencio, hablo otra vez el ^7®^ 
Artagaveytia j dijo: señor Presidente, yo nm encargo ® 
asunto; á lo que contestó: hágalo, amigo don Ramón, y que nadie 
comprenda que yo he caído en tan mirerable degradación. 

El señor Artagaveytia había tenido un pensamiento, ®no de 
esos pensamientos que como un rayo hieren en 
mentos la imaginación' de los hombres superiores, y s 
acordado de mí para servirse como viaducto en as ^m^as 
circunstancias en que se encontraba el país civil | , 

había seguido una opinión política, correspondiendo a la legaiiuc t 
de sus orígenes en la segunda administración Presidencial. 

Me conocía desde cadete de la primera compañía del i ata- 
llon Voluntarios de Oribe, con 14 años de edad, que mando des^ 
su origen v aunque después continué por la carrera de medi- 
cina y segiií á campaña con ausencia de largos anos, siempre 
guardó cariñosa amistad por las vinculaciones que había desen- 
vuelto su compadre y amigo don .Juan Antonio 
correspondí y sustenté hasta la muerte de este respetable amioO 

™E 1 señor Porrua me hizo llamar con toda urgencia al hospital 
de sangre del ejército, que atendía con el doctor Spiolman 
con más de 200 heridos, que como es de suponer paprian 17 
pobres las más amargas penas, en medio de aquella teneMosa 
situación y mucho más cuando se efectuaba la deserción «177 
de los practicantes del establecimiento y aun ilo algunos ele ios 

Vine inmediatamente á ver al señor Porrua Y i® encon- 
tré con los señores .Vrtagaveytia, Arteaga, Reisig, y l lamio. 

Platero era el mismo don .losé María Platero que había pr 



— 22 — 


porcionadp las 500 carabinas con que los Treinta y Tres inicia- 
ron su campaña, y el señor don M. Reisig el. primer Contador 
General de la nación Oriental del Uruguay. 

Luego, pues, me encontraba entre viejos y desinteresados 
patriotas, y aquella conferencia había de tener algo de grande y 
de solemne, y yo hasta cierto punto debía de encon trarme alto 
y elevadísimo sobre las esferas de mis años. 

Así mismo mi espíritu nuevo y juvenil estaba algo traba- 
jado en aquella escena de contrariedades; pero así mismo, re- 
puesto cuanto debe reponerse el mozo que ha de hablar con 
personas superiores por dignidad y por edad, merecí que el señor 
Porrua, frió corno era en sus manifestaciones, me felicitase por la 
alegre fisonomía que llevaba, diciendo qué aquello era una nove- 
dad en aquellas circunstancias. 

; Contestando lo que urbanamente debia contestar el señor Arta- 
gaveytia me dijo lo siguiente: 

Le he hecho llamar, Or.loñana, porque nos encontramos en la 
más aflictiva de las situaciones; Urquiza no quiere tratar con el 
Presidente, diciendo que no manda orientales y que por esto, 
solo tratará directamente con los jefes Argentinos. 

En este sentido ha escrito también una carta que he leido y ha 
sido conducida por Larravide; no queda, pues, otra alternativa 
que la dispersión y el saqueo, ó que los jefes argentinos resuel- 
tamente se pongan en relación con Urquiza y concluyan con esto, 
haciendo lo posible porque se haga un tratado y se salve la dig- 
nidad personal del presidente y de los que lealmente obedece- 
mos sus órdenes. 

En todas estas manifestaciones, se descubría la profunda emo- 
ción que embargaba el ánimo del señor Artagaveytia y el 
de los caballeros presentes, y en el mayor enmudeeimiento 
parecían presa de un desconocido terror; yo creo que la herida 
moral que poco después acabó con el señor Artagaveytia, la 
adquirió en esos angustiosos momentos y en esos dias de prueba. 

Cuando me pareció que debía pasarse á la reacción, le con- 
testé; — Señor don Ramón: tranquilícese usted; yo hablaré 
ahora mismo con el coronel Flores, que es la primera figura 
de ese ejército, y comprendiendo perfectamente todo cuanto 
usted ha querido decirme, yo lo sabré traducir fielmente y 
seré, sin duda alguna, y por usted, el secreto agente de un mo- 
vimiento hácia la paz, en que nos comprendamos todos los que 
hemos sabido mantenernos fieles á los principios que consti- 
tuyeron esta homérica guerra que finaliza y además porque 
todo esto coincide con una nota del general Rosas que hoy 
de mañana fué leída eh reunión de los jefes argentinos, que 
debieron haber embi’avecido la situación si no hubiera sido por 
la prudencia de los coroneles Flores y Granada. 

Aquello necesitaba terminarse; no había ya carne con que 
racionar las tropas y el carácter general de la situación era 
en todos conceptos disgregador, y así pues, me dirigí al campa- 
mento de Flores y apartando sus ayudantes don Felipe Ulloa y 



— 23 — 


don Justo Saavédra, que eran más que todo sus verdaderos 
amigos, le hice conocer la misión que llevaba, expresándole todo 
en el más patético, y sentimental de los lenguajes, por la parte 
que á los orientales correspondía, porque si bien era cierto que 
habla muchas traiciones y muchas y numerosas defecciones, no 
quería yo que la divisa Defensor de lasleyes que tan lucidamente 
usaba en mi gorra, fuese en ningún concepto menoscabada, 
ni que esas leyes quedasen fuera de cualquier convenio que se 
iniciase directamente, como debia de iniciarse, por los argen- 
tinos. 

El coronel Flores me quería y yo tuve sucesivas ocasiones 
también de probarle que le correspondía, y manifestándole el 
objeto que accidentalmente me llevaba me dijo: y á tí ¿que te pa- 
rece? A mi lo que me parece esque llame usted reservadamente 
á los coroneles Granada, Laprida, Bustos y Garcia y consultando 
con ellos me dé usted á mí una esquela para el general Urquiza, 
diciéndole que me atienda en la misión privada que ustedes me 
deben dar, que debe reducirse á oirme. 

Yo le conozco, le dije, y haré con prudencia que pase a una 
cárta todas sus ideas y sus verdaderos fines, después que yo 
haya emitido las que á ustedes correspondan en relación al man- 
dato de don Juan M. Rosas. 

Así se hizo y así se procedió, yen la noche crucé al campo 
acompañado hasta las avanzadas por el rico propietario hoy del 
Norte de Buenos Aires don Felipe Ulloa, tropezando poco después 
en las rondas enemigas con el Barón Du Gratti y el majmr Neira 
que cubrían la línea con la división Estrella. 

Este Barón Du Gratti, belga de nacionalidad, y que después 
he tenido ocasión de saludar en Bélgica como senador del 
Reino, era un distinguido caballero de la antigua nobleza belga 
y habiendo venido al Rio de la Plata en viaje de instrucción 
encontró conveniente tomar servicio y le tomó a las órdenes del 
general Urquiza en la campaña que iniciaba contra el general 
Rosas y los elementos que le representaban. 

Estos gefes me proporcionaron después de algunas explicacio- 
nes, un baqueano hasta el Molino de las Piedras, en que se 
encontraba el cuartel general y la galera correspondiente al 
general Urquiza con el que tenía que entenderme en aquella 
solemne ocasión. 

Serían poco más ó menos las 12 de la noche y los fogones 
que son los que determinan la inactividad nocturna de los ejér- 
citos, después del silencio, y su mayor ó menor recogimiento, 
estaban ya apagados y solo se distinguía en una que otra carpa 
alguna pálida luz, desprendida por algún candil ó alguna vela 
de sebo que es la lumbrera de nuestros campamentos. 

Acercándome al cuartel general, el baqueano á quien me 
ligaba ya amistosa confianza, me fué llevando por aquel dédalo 
de carpas y lucecitas hasta la proximidad de la galera del gene- 
ral Urquiza y le hice preguntar por la tienda del coronel 
Carballo á quien conocía y que era el mismo que hasta 



— 24 — 


cierto punto había iniciado la paz del Arroyo de la Virgen tenien- 
do por esas circunstancias que quedarse con Urquiza. 

El coronel estaba ya acostado y en su misma carpa su herma- 
no político don Manuel Iglesias cirujano del Batallón Defensores^ 
compañero y amigo mío que hacía dias nos había abandonado 
pasándose a’l enemigo. 

Estaba yo, pues, entre amigos de confianza y despachando al 
baqueano que me había acompañado desde las avanzadas, mani- 
festé al coronel la necesidad perentoria en que estaba de 
entregar una carta al general Urquiza. Carballo, como he dicho, 
era compadre y amigo particular del general, y desempeña- 
ba en esos dias, mcás que el papel de ayudaide, el de introductor;, 
así es que el verdadero cuerpo do edecanes estaba acostumbrado 
á observarlas especiales distinciones y confianzas que el general 
le dispensaba. 

Así, pues,á fuerza de instancia.s y súplicas y do manifestarle que 
el general no se enojaría y que por el contrario se felicitaría, 
hice que se acercase á la galera para hacerle saber que estaba 
yo allí con una carta del coronel don José M. Flores y que tenía 
necesidad de entregarla inmediatamente. 

Me hizo pedir la carta y la entregué ai coronel Carballo, pero 
como la letra nada decía y simplemente era una credencial, el 
ge.jeral me hizo subir á la galera mandando llamar á su secre- 
tario el señor don .\ngel Eli x.i. Vamos á ver, arniguito, que 
misión trae usted siendo tan muchacho, porque el amigo Flores 
me dice que explicará usted el objeto de su venida y que tiene 
carta blanca. Hable pues con libcruul. 

Señor: le dije, se han producido una porción de acontecimientos 
por la carta que V. E. ha escrito al Presidente con ol señor 
Larravide, que leyó al señor Artaaaveytia y otros señores y por 
él lo he comunicado yo al coronel F.orcs: además V. E. sabrá ya 
también lo que aconteció con una nota del general llosas á los 
géfes Argentinos y todo esto hace que haya un verdadero ma- 
lestar que creen los coroneles Flores, Granada, Britor, García y 
Laprida que es j'a necesario concluir y por esto me permito 
suplicar á V, E. se sirva manifestai’, en una esqiwla, si V. E. reci- 
birá hoy mismo una , comisión de gefes del ejército argentino 
bajo el principio de que V. E. respetará la autoridad aunque no- 
minal del brigadier general don Manuel Oribe gofo del ejército y 
que se le hará comprender á él, con los orientales que han sabido 
mantenerse fieles, en un convenio que se haga para todos. 

, El general Urquiza tenia condiciones de nobleza y generosidad; 
sabía responder á sus atavismos vascongados y alzándose en su 
catre dijo: « por donde consentiría yo nunca que se ajase a mi 
amigo don Manuel Oribe ». . . , , , , 

Después de estas consideraciones, escribió á don José M. Flo- 
res una carta en que le expresaba su ansiedad por terminar 
aquellos desagradables asuntos y que todo se arreglaría como 
correspondía á compañeros de armas. 

Volví al campamento al aclarar el dia y Flores acompa- 



— 2n — 

ñaclo del coronel Hidalgo me esperaba con ansiedad llegando en 
esos momentos el coronel Granada. _ ^ • \ 

Como consecuencia de mi misión, se convoco a todos los 
gefes del ejército y se nombró en primer termino una comi- 
sión que comunicára al general Oribe la resolución adoptada de 
tratar directamente con el general Urquiza. 

Esta comisión la desempeñaron el coronel Maza y el mayor 
Fontes y dijeron que el general se había exasperado quejándose 
de su miserable suerte, pero mientras tanto los gefes congrega- 
dos nombraban á los coroneles Flores, Bustos y García para en- 
tenderse con el general Urquiza. 

Era el 7 de Octubre de 1851 y los sucesos que habían producido 
el sitio de los 9 años debían tener inmediata solución. 

La Comisión Argentina fué perfeetmnente recibida por Urqui- 
za que llamó al general Garzón para que se resolviesen aquellas 
cuestiones que tan hondamente habían trabajado al país Oriental 
y Argentino vinculados. 

Era el general Garzón, militar muy ilustrado, guerrero de la 
Independencia y por pequeñas querellas, su amistad con el 
general Oribe había tenido algunos puntos de suspensión y 
hallándose en Entre Ríos y siendo también amigo de l;rquiza 
había entrado en la alianza solucionaria y este caballero aun 
cuando observó las continuas defecciones de orientales, sabia 
<jue la parte más sustancial y más poderora del pa,rtido blanco, 
del partido rico y civil, continuaba siendo fiel á las ideas y prin- 
cipios del general Oribe. 

Tomó el general Garzón á su cargo la confección de un con- 
venio y lo ejecutó, acompañado del señor Elias, presentándolo 
poco después á la consideración del general Urquiza, simplemen- 
te como proyecto, porque había obligación y necesidad de comu- 
nicarlo al Gobierno de Montevideo para cuyas conclusiones 
se representó por el distinguido Ministro don Manuel Herrera y 

Obes, . , ^ -u 

El general Garzón no quizo tampoco que don Manuel Oribe 
dejase de tomar una participación en aquel convenio haciendo 
entrar al señor don Cárlos Villademoros, su ministro, en la tota- 
lidad de aquellos trabajos. 

Ese tratado se efectuó en las formas conocidas, y las tropas 
argentinas abandonaron el Cerrito para pasar al campamento de 
Urquiza trasladado al Pantanoso para continuar á las órdenes 
de aquel general en la campaña que terminó en Caseros. 

El coronel Maza y otros jefes no contentos con la paz se enibar- 
oaron secretamen c para Buenos Aires en la corbeta inglesa 
Satélite y el batallón voluntarios de Oribe y las compañías de 
guardia nacional que mandaban los comandantes Areta, Aré- 
chaga, Sienra y Suarez, y la caballería que obedecía al coronel 
don Pedro Piñeyrúa debían desarmarse y disolverse. 

Esa guardia n icional que en su mayor parte se componía de 
ciudadanos de ’r . más distinguidas familias del país, y que tantos 
...uos servicios había prestado en aquella homérica 



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guerra de los nueve años, y que con tanta lealtad se había con- 
ducido hasta los últimos momentos, sin faltar uno sólo de rendir 
culto á la magostad de su origen y de su partido, rompía ¿las 
en sus respectivos cuarteles para dirigirse á la familia y al tra- 
bajo. 

Los voluntarios de Oribe compuestos de vascongados, que sin 
lisonja y sin espíritu de compatriotismo, habían servido con 
lealtad, con orientalismo , durante todo el sitio, y habían sido diez- 
mados en las continuas luchas, también dejaron las armas, y for- 
mando línea en el gran patio del cuartel, se presentó el coman- 
dante de la Estación Naval Española en el Plata, don Ramón 
Topete, acompañado del Secretario de la Legación residente en 
Montevideo. 

Don Ramón Artagaveytia, coronel de aquel batallón, manifestó 
á los soldados en un lenguaje bien sensible sus particulares agra- 
decimientos por el espíritu de obediencia y de respeto que en 
todas las ocasiones le hablan guardado y dijo después: que el 
general Oribe le habla esencialmente recomendado de darles las 
gracias en nombre del país y que no dependía de él, ni habla 
dependido de su administración, el que dejáian de ser recompen- 
sados todos y todos los servicios que hablan prestado á esta su 
segunda patria en aquella azarosa lucha de los nueve años que 
concluía tan vulgarmente. 

Ahora,agregó el señor Artagaveytia, tenemos que volver á ser 
españoles, volver á nuestra banderá, dejando de ser americanos. 

Le acompañaban al coronel Artagaveytia los señores don Juan 
Antonio Porrua y don José' Arteaga y estaban á su lado sus ayu- 
dantes Zalacain, don Antonio María Perez y don Rafael Camuso, 
y Topete le interrumpió con grosería negándole su calidad de 
español y reprochándole cierta cualidad de renegado. 

El señor Artagaveytia contestó al imprudente marino como 
merecía, por su demasía y por su atrevimiento y hubo de produ- 
cirse allí un verdadero conflicto con la tropa, si la prudencia del 
mismo Artagaveytia y la de las personas que inmediatamente 
le acompañaban no se hubiera sobrepuesto á la actitud que 
bruscamente asumió el batallón movido á la vez por el sargento 
Larrañaga ante las groseras palabras producidas por Topete 
con un señor y un jefe idolatrado por toda la tropa como su- 
perior y estimado y querido como caballero, y amigo particular 
de aquellos valientes y desinteresados eúskaros que en todos 
conceptos le acompañaron nueve años. 

Los que no conozcan bien la historia patria se preguntarán: 
¿Cómo es que se encontraban tantos españoles mezclados en las 
contiendas políticas y significaban en la administración y en la 
justicia con los Sa^a, los Bójar, los Acha y los Reisig? Signifi- 
caban por la sencilla razón de que, habiéndose roto los vínculos 
que unían estos pueblos con la madre patria, los peninsulares 
quedaron sin representación hasta el gradual reconocimiento de 
la Independencia, y asi se vieron también figurar en Buenos 
Aires los Lavalle, los Victorica y los Tejedor y los Maza, los 



González y los Madero y en uno y otro país, se amoldaron según,’ 
sus inspiraciones á los diversos partidos políticos, trabajando 
con entusiasmo, con patriotismo y decisión. , -v + 

Nada tiene pues de extraño que los voluntarios de Oribe te- 
niendo que ser guardias nacionales hubiesen preferido un par- 
tido por otro y se encontrasenen tan arriesg’adas circunstancias, 
al terminar la contienda que dió principioen 1836. 

Al fln el batallón dejó las armas en pabellón, y poco^ después 
se llevaban para el cuartel general por el carretillero José Aguirre 

(álias Cigarro). , , , , 

Don Manuel Oribe sosegadamente espero en su cuartel general 
y en su tienda, como los guerreros cartagineses, la conclusión y 
la consumación de todos los épicos asuntos, y cuando vio el vacio 
ya producido en su derredor, tomó el camino d^su quinta,, acom- 
pañado de don Diego Lamas, don Joaquin Egaña, don P. Piñey- 
rúa, don R. Artagaveytia, don Lesmes Bastarrica y el lealisimo 
comandante don Adrián Arizaga, y nos parece también haber 
distinguido al caballero don Pantaleon Perez. 

Las divisas habían desaparecido: se dqo en el tratado que no 
había vencedores ni vencidos; se fundían los partidos en un crisol. 

Estaba yo con el doctor don Cornelio Spielman, médico que 
fué del general Artigas en toda su campaña,^ y como nadie 
había dicho una palabra sobre el destino que había de darse a los 
doscientos cincuenta heridos que se atendían en el hospital de 
sangre, casa de Chopitea, el doctor Spielman se adelanto a pre- 
guntar al general Oribe sobre lo que había de hacerse en aquel 
caso. El general contestó: ¡Ay, amigo doctor Spielman, cuanto le 
agradezco los servicios que durante tantos años ha prestado 
usted al país desde que yo era un muchacho en el ejército de 
Artigas!; pero yo ahora nada significo: soy un derrotado infeliz, 
que debe soterrarse para siempre! .... Esos heridos que tiene 
usted en el hospital, hágalos conocer de Urquiza, para que se les 
atienda, y mientras tanto, saqúese usted y usted, anaiguito— 
designándome á mí, — esa divisa, porque eso ya se acabó. 

Y así acabó el sitio de Montevideo, aquella epopeya de 9 años 
de batallas, que dió motivo para la total despoblación de las estan- 
cias, romper su historia económica y que desapareciese sü pas- 
toral Arcadia, para que los ganados mansos se convirtiesen en 
baguales y cimarrones; para que la población nacional concen- 
trada en los pueblos atravesase por las más grandes miserias y 
penurias, y la propiedad territorial criolla fuese sacrificada á vil 
precio, pasando de sus orígenes históricos á manos de los mer- 
cachifles y pulperos: mientras que la República Argentina crecía 
y Buenos Aires ofrecía á los unitarios que volvían de la emigra- 
ción las estancias aumentadas en todos sus ganados, y el respeto 
y el bienestar que no se habían conocido allí desde los tiempos 
coloniales, y hasta sus hijos, hijos de Montevideo, horrasen la 
luz de su nacimiento para ser argentinos netos. 

Aquel sitio había provocado la intervención anglo-francesa, 
denodadamente rechazada en Obligado por el bravo general Man- 



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silla; intervención que ningún resultado práctico vino á dar, ni 
con los Picrbts, los Defaudis y los Ousley, ni tampoco con los 
Hood ni con los tardíos tratados Soiitren y Lepredour, sino la 
prolongación del sitio mismo que debiera haber terminado en 
formas más bruscas, más estrepitosas y heroicas, tanto por 
honor á los tirios como por gloria do los troyanos. 

Por lo demás, soy de los que creen que la historia ha de guar- 
dar perpétua memoria de Pacheco, Bauzá, Tajes, Flores, Muñoz, 
Batlle, y Sosa, como Héctores de la leyenda Nueva Troya^ por- 
que no es suficiente lo que hasta hoy se ha dicho de ellos, ni es 
suficiente lo que hasta hoy se ha dicho de Bernardino Baez, 
comandante general del Norte del Rio Negro; ni de Fortunato 
Silva, héroe legendario de las quebradas de Minas y Maldonado; 
ni del coronel Blanco, en el Salto; ni de Calengo Centurión; ni de 
Brígido Silveira; ni de aquel Flores el Chileno, que en India 
Muerta cayó resignado como caen los intrépidos y los valientes. 

He de concluir to'las estas referencias, manifestando que el 
verdadero motivo y justificación de las defecciones ocurridas y 
de aquel abandono de los amigos de la víspera, debe buscarse en 
causas preexistentes, y estas causas, por lo que al general Ur- 
quiza corresponde, tienen sus atavismos en la tepacidad del gene- 
ral Rosas en producir la Organización Federal Argentina, en 
dotarla de una Constitución detenida siempre por especiosos pre- 
textos, según lo expresado por el general Urquiza en el Mani- 
fiesto de 1.® de Mayo de 1851.^ Los unitarios de los Rivadavia, 
fustigados en todas partes, habían desaparecido en los espacios, 
no quedando más que sus sombras, representadas por otras 
sombras. 

En cuanto al Uruguay, las disgregaciones empezaron á pro- 
ducirse, y por el personal mas culto, que se condenó d la silen- 
ciosa vida de las apartadas quintas, desde que fracasó la mi- 
sión confiada por S. M. B. al señor Hood en 1845, y desde que las 
otras misiones sucesivamente encomendadas al Conde de Wa- 
leski, por la Francia, y Lord Houden, por Inglaterra, fracasaron 
también, finalizándose con la que correspondiera al Capitán Gore 
y al Barón Gros; y todo esto nada más que por la omnímoda 
voluntad del General Rosas y de sus aprensiones de criollismo 
indiano, que tanto admiró el ilustre general San Martin, olvi- 
dándose el gobernante argentino de que había todo un país, toda 
una nación, un pueblo con sus familias dispersas, sacrificadas á 
las penurias de una guerra sin fin, y que había también diez mil 
argentinos comprometidos en esa contienda y fuera de sus hoga- 
res hacía ya muchos años. 

Don Manuel Oribe fué lealísimo á su palabra y á las conside- 
raciones que mereció del general Rosas cuando fué emigrado á 
Buenos Aires, y á estos deberes, que pertenecían á un órden pri- 
vado, sacrificó la suerte de sus partidarios y confundió la política 
puramente nacional con las aspiraciones y tendencias de un 
gobernante extranjero. 



Por lo demás, si bien es cierto que se produjeron disgregacio- 
nes, aquéllas no tuvieron más que el carácter fugitivo de las cir- 
cunstancias, para reconstituirse después como partido de otras 
aspiraciones y alientos. 


He dicho.